España como nación europea poseé, no sólo, una historia apasionante sino también extraordinariamente original. Por su situación geográfica se encuentra situada en el extremo Sudoeste de Europa y es esa circunstancia la que ha provocado la originalidad antes citada. Muy próxima a África de la que la separa el estrecho de Gibraltar, con tan sólo quince kilómetros escasos de separación, entre un continente y otro, ha sido, a través de su historia, paso obligado de cuantos invasores partiendo de África han tratado de dominar la parte Sur de Europa. Así ocurrió con los cartagineses; los fenicios y más tarde con los árabes.

Heráldica Geográfica
Las armas de España
España, como nación europea, poseé, no sólo, una historia apasionante, sino también extraordinariamente original. Por su situación geográfica se encuentra situada en el extremo Sudoeste de Europa y es esa circunstancia la que ha provocado la originalidad antes citada. Muy próxima a Africa de la que la separa el estrecho de Gibraltar, con tan sólo quince kilómetros escasos de separación, entre un continente y otro, ha sido, a través de su historia, paso obligado de cuantos invasores, partiendo de Africa, han tratado de dominar la parte Sur de Europa. Así ocurrió con los cartagineses; los fenicios y más tarde con los árabes.
La Península Ibérica aparte de proyectarse hacia el continente africano, hace otro tanto hacia el Océano Atlántico y la América centromeridional, descubierta y colonizada por españoles. Sin temor a exageraciones, se podría decir que España es el eje, o el punto de contacto entre los tres continentes: Africa, América y Europa.
Ahora bien, de eso a alegar, como ha llegado a decirse que España es el rabo de Europa o la cabeza de Africa, va un abismo.
España es Europa. Pero, y he aquí lo extraordinario, también es Africa y America.
Tomando como base lo anterior, no es de extrañar que su historia sea apasionante. En España se centra uno de los misterios arquelógicos más interesantes y aún no resuelto: la existencia del Imperio de Tartessos, que se cree estuvo ubicado aproximadamente en la desembocadura del río Guadalquivir. En enigmático imperio del que se dice estaba relacionado con la no menos misteriosa Atlántida. Sirva como dato curioso que los primeros romanos que desembarcaron en Iberia denominaron a los pueblos que aquí encontraron como "atlantes".
En la historia de Francia se habla de la Guerra de los Cien años: pues bien, Espana los sobrepasó si se tiene en cuenta que la Reconquista, aun contando los breves períodos de paz, mantuvo a la nación en armas durante ochocientos años.
La Península, que modernamente ha comenzado a denominarse Ibérica, se designaba desde muy antiguo con el nombre latino de Hispania.
Este nombre deriva posiblemente de Hispalis, (Sevilla), del mismo modo que Roma y Méjico son, en su origen, nombres de ciudades. Es de la forma secundaria, Spania, de donde proviene el actual de España. Hubo otros nombres con anterioridad, (Ophiusa, Oestrymnis, Hesperia, Edetania, Sicania, Tharsis o Tartessos), pero dichos nombres se referían únicamente a partes de la Península y no a la misma en su totalidad.
En lo que respecta a la influencia africana, necio sería negar que existió y muy profundamente, manifestándose desde los tiempos prehistóricos.
El hombre del Paleolítico inferior debió llegar a la Europa Occidental desde Africa y a través de España en los lejanos tiempos en que la Península estaba unida a Africa, sin la existencia del estrecho de Gibraltar. Desde muy antiguo, las influencias extrañas se han ido dejando notar en España:
Durante el Paleolítico se cruzaron en España dos influencias y dos inmigraciones, una africana y otra europea procedente de Eurasia, predominando en la región Norte la europea y en todo el resto de la Península, la africana.
El deseo de apoderarse de determinados productos ha sido siempre el móvil de las invasiones, pacíficas o violentas y también causa del descubrimiento y exploración de determinados territorios.
He aquí el motivo de la primera invasión extranjera en España: la cartaginesa. Sigue la romana. Esta época es sumamente importante para España, con gran incidencia en la formación del pueblo español y en su cultura. La dominación de Roma dejó en España la influencia más fuerte y decisiva. Viene luego la dominación Visigoda: otros pueblos extranjeros, de origen germánico, llegan a España y la ocupan. Muy poco o nada crearon en el orden administrativo. A lo que si prestaron atención fue a la ocupación de nuevas tierras, las de los suevos, orospedanos, cántabros, vascones, rucones y aragoneses.
La conquista de España por los árabes restauró la relación íntima entre el Magreb y la Península y tiene una importancia tan grande, en el orden cultural, como la conquista romana. La dominación musulmana duró ocho siglos. Los árabes no llegaron a dominar toda Espana, a la que ellos llamaban Al-Andalus, quedando libres de su ocupación algunas porciones de la región cantábrica y de los Pirineos centrales.
Con la Reconquista Cristiana se da origen a la creación de reinos españoles gobernados por distintos monarcas. Castilla, Aragón, León, Galicia Navarra, el Condado de Barcelona, Zamora, etc. Al unirse los dos grandes reinos de Castilla y Aragón por el matrimonio de los Reyes Católicos, estos emprenden la unificación de España que culmina con la ocupación del último reducto árabe en la Península, el reino de Granada.
Llega la Edad moderna y, en ella, no se producen grandes cambios en los elementos constitutivos de la población. España es ya una sola nación y las expulsiones de los judios (1.492) y la de los moriscos (1.600) obedecen más a motivos religiosos que a diferencias de raza, y no fueron totales ni podían borrar el largo influjo anterior.
Para quedarse en España bastaba con convertirse al cristianismo y eso es lo que hicieron no pocos judíos y moriscos, a los que se denominó "conversos".
Teniento en cuenta lo antedicho, no es necesario incidir demasiado en el hecho de que la población actual de España es el resultado de una larga evolución, cuyas principales fases ya han quedado reseñadas.
Pero a pesar de tantos cruces, tantas relaciones e influencias en la población de España, pueden señalarse varios rasgos que permanecen con singular tenacidad y permiten hablar de una raza española.
Se distinguen en España dos grupos linguísticos fundamentales: el vascuence cuya antiguedad es tan remota que prácticamente se desconoce su procedencia y las tres lenguas románicas: el castellano, el gallego y el catalán. De las tres romances, el castellano ocupa la zona más amplia. El catalán tuvo un enorme cultivo literario en la Edad Media y actualmente está experimentando un auténtico renacimiento. Y el gallego, que limita su influencia a Galicia.
En lo que se refiere a los primeros pobladores de España, queda fuera de toda duda que se trató de los iberos; ahora bien, su difusión no parece haber llegado a Andalucía, poblado por los tartesios y los oretanos. Pueblos iberos fueron los que moraron en Valencia, Castellón, gran parte de Teruel y el Ebro medio, entre Caspe y Zaragoza. Los cisetanos y los laietanos vivían en el litoral barcelonés, los ausetanos, en Gerona. En la región vasco-navarra, moran los vascones; los astures, en Asturias y los cántabros en Santander. Los vetones, en la sierra de Gredos, en tanto que los celtas ocupaban Galicia. Los vacceos, en Soria y Tierra de Campos, así como los pelendones; los beribraces, en Cuenca.
Como se ve, ya desde un comienzo la diversidad de caracteres se hizo patente en España.
Teniendo en cuenta la gran diversidad de pueblos que han pasado por España, los innumerables cruces establecidos entre ellos, es inevitable que se presente una pregunta: ¿cómo es el hombre español actual?
Ante todo es un individualista, siempre presto a la acción. Pocas razas tienen, como la española, tanta personalidad. El español es, ante todo, un pasional, un impulsivo siendo la energía una de sus principales características. Hasta cuando se la creyó exánime, probó, la raza española,atesorar unas energías insospechadas.
El mismo Napoleón confiesa en sus memorias haberse equivocado en España. Sin Marina, sin Ejército, sin industrias, en la más triste postración ecónomica, los españoles se irguieron para luchar, casi inermes, contra los invasores franceses, improvisaron Ejércitos, improvisaron generales, humilló al Emperador francés y recobraron su soberanía.
El escritor inglés, Havellock Ellis dice encontrar en el fondo del alma española algo de permanentemente salvaje.
Pues bien, lo que llama salvajismo el literato británico es precisamente la energía de una raza, lo primitivo, lo sano.
El carácter de los españoles es orgulloso, lo que también puede llamarse, en determinadas circunstancias, arrogancia, lo que le infunde conciencia, acaso algunas veces exagerada, del propio valor y de la propia personalidad.
Es espontáneo, lo que hace ser sumamente sociable. Lo que más aborrece un español es la soledad. Le gusta la comunicación con sus semejantes; siendo capaz de producir, hasta en los más recalcitrantes, lo que se denomina el "contacto afectivo". La tremenda individualidad de la raza es la causante de la dificultad del trabajo en equipo.
Y la altivez, a menudo soberbia, motiva que le cueste mucho doblegarse y obedecer Leyes y mandatos. El sentido de la hospitalidad, herencia árabe, es común en todos los españoles, así como la generosidad que lo lleva a comportarse siempre en forma caritativa y muy humana. La contradición estriba en que, siendo su temperamente muy sociable, difícilmente se muestra de acuerdo con aquello que pueda sostener otro. Y es crítico por naturaleza, sin poder olvidar el pecado más terrible de todos: la envidia.
España constituye un auténtico tesoro donde abundan los monumentos que revelan su pasado de esplendor. En ella pueden encontrase las muestras de los más diversos estilos, desde el románico y el gótico hasta el árabe y el mudéjar. Castillos, Monasterios, los soberbios edificios llegados de la dominación musulmana, todo configura una muestra innegable de ese pasado llegado a nosotros a través de los siglos.
Un escritor inglés ha dicho que España es un país de santos y caballeros. Quizás, los escudos de nobleza hispánicos vengan a darle la razón. A través de la Heráldica española es muy posible conocer la historia de España y sus blasones pueden revelarnos, lo mismo las gestas de la Reconquista que la increíble aventura de los conquistadores españoles en América. No es exagerado afirmar que conociendo Heráldica, se aprende historia.
Hemos incluído los escudos de S.M. Juan Carlos I y el de España, así como las banderas de las distintas Comunidades que conforman el país. Los escudos inherentes a estas Comunidades se irán insertando individualmente, en aquella provincia que vayan correspondiendo a una determinada. Porque, a través de cuantos conozcamos de las diversas Comunidades, iremos conociendo también no sólo la historia de la misma, sino también otros muchos detalles dignos de interés.

HERALDICA
La bandera de España
La bandera es también un signo heráldico. Desde la más remota antigüedad, todos los pueblos quisieron distinguirse unos de otros mediante la utilización de sus enseñas o estandartes. Ya, las doce tribus de Israel mantenían cada una, aparte de su escudo, un color distinto en sus pabellones y así puede leerse en el versículo 2.2 de los "Números" donde claramente se dice que: "cada tribu acampaba bajo las enseñas de sus linajes". Ni un solo pueblo de la antigüedad escapó a esta norma: por regla general se tomaron a los animales como representaciones heráldicas de su personalidad: lobo, caballo, toro, águila, etc. Todos se fueron pintando sobre telas.
La palabra bandera se deriva del antiguo vocablo "banda", que tiene su origen en el gótico "bandi". Por lo que se conoce, fueron los pueblos germánicos los primeros en utilizar en Europa telas o lienzos pintados con signos heráldicos que representaban sus países. Pero los colores tienen una enorme importancia en las banderas, por ejemplo: el rojo viene a traducirse por revolución, sangre, violencia; el blanco significa paz y se utiliza para parlamentar o como señal de rendición, y en lo que se refiere al negro, está perfectamente claro la traducción: luto, muerte basta recordar las banderas negras con la calavera y las tibias cruzadas de los piratas.
Dentro del vocablo "bandera", es interesante establecer algunas distinciones: la bandera representa al país, o también al rey o emperador, aunque modernamente su uso se extendiera a los Estados, fuera cual fuera su forma de Gobierno.
El "guión", es el más pequeño, casi cuadrado. Iba por delante del rey y lo portaba el paje de mayor antigüedad. Hoy se utiliza en el Ejército como distintivo de las diferentes compañías. También suelen utilizarlo las Cofradías, Hermandades etc, como insignia propia. Más antiguo es el denominado "Cabdal". Su forma era casi cuadrada, rematada por tres puntas redondas y era utilizado por los señores cuando llevaban cien jinetes bajo su mando, aunque fue usado también por algunas Ordenes Militares. El "palón" tenía una forma de una cuarta parte más larga que ancha, con cuatro puntas.
En lo que se refiere al "pendón", era dos veces más largo que ancho, e iba cortado en disminución hacia su punta. Se trata de un emblema que, por lo general, era otorgado por los reyes a aquellos senores feudales que les ayudaban, con sus mesnadas en sus empresas guerreras. En muchos de ellos figuraba la caldera, esto es, la señal de que podían mantener gentes de armas a sus expensas.
Tenemos después el "estandarte", más largo que ancho, abierto hasta más de su mitad y que era utilizado generalmente por la Caballería.
El "oriflama" tenía gran parecido con el estandarte y en su forma casi no existía diferencia. Usualmente su uso comenzó con los reyes de Francia en sus empresas guerreras. Su color era de gules, sembrado de llamas de oro, y este es es el motivo de la palabra "oriflama".
Recurriendo a García Garaffa, la explicación que se da sobre el origen del oriflama se basa en que, en un principio, fue el estandarte de la Abadía de San Dionisio. Esta versión entra en contradicción con los que sostienen que ya lo utilizó Clodoveo, a quien hacen el padre de esta enseña. Sea como sea, los reyes franceses pelearon portando el oriflama.
En lo que se refiere al "gonfalón", es un estandarte de la Iglesia. La palabra "gonfaloniero" designaba al que portaba el "gonfalón", pero también poseía otro significado: En su origen poseía el rango de magistrado de primer orden, en varias repúblicas italianas, sobre todo en Florencia y Siena. En Florencia se extendió este rango a aquel que mandaba compañías armadas.
La Santa Sede adoptó el citado título, para designar a aquél que se destacaba en la defensa de los intereses de la Iglesia. Como ejemplo, puede citarse a Godofredo de Buyllón, caudillo de las Cruzadas a Tierra Santa quien ostentó el rango de "Gonfaloniero de la Santa Iglesia".
La bandera, como elemento heráldico, tiene sus distinciones, son consideradas como complementos de los escudos nobiliarios (ornamentos exteriores), aunque su colocación varía según los países. En Francia se colocaban por cimera, en Borgoña en los tenantes y soportes y en España rodeando el escudo.
En bastantes banderas se coloca la cruz: esta característica parece ser que parte del emperador Constantino cuando se le presentó en visión: "Con este signo vencerás". Más tarde fue el emblema de los Cruzados y hoy puede verse estampada en las banderas de numerosos países.
En los pueblos de religión musulmana suele figurar una luna en cuarto creciente.
En lo que se refiere a estrellas, pueden encontrarse también en escudos y banderas de bastantes naciones, con preferencia en aquellas americanas (Estados Unidos de América, Brasil, Honduras, Venezuela, etc.), por regla general las banderas se configuran en tres colores, aunque las hay también que sobrepasan esta cantidad, pero son las menos.
Ciñéndonos a la bandera de España, su historial parte del reinado de don Carlos III.
En un principio, fue escogida como enseña de la Armada (año 1.785), transformándose en enseña patria en el año 1.843.
Se trató de un concurso que el citado monarca convocó, para elegir el pabellón español que deberían llevar los buques de la Armada, así como todas las embarcaciones nacionales. Se presentaron doce diseños, que aquí presentamos, que fueron sometidos a la consideración del Monarca y este, por Real Decreto, dado en Aranjuez con fecha 28 de mayo de 1.785 eligió: "la bandera dividida a lo largo de tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una, de la cuarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en esta el Escudo de mis Reales Armas, reducido a dos cuarteles de Castilla y León, con la Corona Real encima...".
Su bisnieta, la reina Isabel II, en el año 1.843, contando trece años de edad, mantuvo la anterior bandera como nacional, anulando todas las anteriores en las que figuraba el color blanco de la dinastía.
Esta bandera, a partir de la citada fecha ha venido constituyendo la enseña patria, a excepción del breve periodo de la II República española (1.931-1.936), en que fue implantada la bandera tricolor.
De acuerdo a lo expresado por el acreditado especialista en el tema que nos ocupa, José Almirall, expuesto en su obra "Las banderas españolas de 1.704 a 1.977", el rey Carlos III abandonó el color blanco, por cierto establecido por su padre Felipe V en 1.707, color de la dinastía borbónica, supliendo por el rojo y el amarillo en su tonalidad gualda, no por motivos históricos de los antiguos reinos españoles (Castilla, Aragón, León y Navarra), ni por criterios heráldicos, sino porque los dos colores, combinados, se destacan y son visibles desde muy lejos y así no pueden confundirse con otros pabellones. Parece ser, pues, esta razón, la que motivó al rey Carlos III en la elección de lo que primero seria una bandera naval y más tarde, nacional.